Esa flor,
esa planta
llama demasiado mi atención
poderosamente,
su color, su olor,
su volumen,
no puedo desprenderme de ella,
su figura me persigue
y me invita a tocarla
peor...
¿Qué trae o qué esconde?
Un sutil roce
que acaricia,
un embriagante perfume
que enamora
o una urticante
toxina que me arde.
No sé,
sigo pensando
y mi mano está
tan cerca,
que sólo puedo
hacer un compromiso
con mi curiosidad.
Ayúdame, Dios,
a no perder la cabeza
por el bien
o el peligro
de esta flor.
Gabriel García
Enero 2026


